¿Has visto a un árbol sonreír?
Quizá no, porque lo que un árbol espera es su muerte, cada
día con más incertidumbre, que crece como las malas hierbas que florecen a su
alrededor.
Hoy no voy a hablar de un árbol cualquiera, sino de un
árbol con nombre y apellidos.
Las máquinas parecían cada día estar más cerca de él
agobiando la mente del árbol. Él se preguntaba porqué ese afán de talarle a él
y sus compañeros. Porque cortar y, con ello, hacer desaparecer sus sólidas
raíces, su tronco solemne y sobrio y sus frondosas y verdes hojas que albergan
tanta felicidad entre esas aves que vuelan despreocupadas para acabar
descansando en esa cama de hojas.
El árbol, triste, veía todos los días caer a sus
compañeros, que sin hacer nada por sus vidas, eran exterminados del plano
terrestre.
Con ayuda de los pájaros, el árbol, se talló en la corteza
el símbolo de la paz y como símbolo de fortaleza y libertad, los pajarillos que
más frecuentaban sus ramas, le hicieron una muralla de nidos.
Todos los arboles, que se daban por muertos, estaban
perdiendo sus hojas por la tristeza que inundaba sus raíces. Nuestro árbol, era
el único que no dejaba de luchar por lo que quería: Seguir ahí cobijando a los
animales dándoles de comer de sus mejores frutos y regalándoles un pedacito de
su propia vida.
Llegó el día en que las máquinas le arrancarían el corazón
cortándole las ramas destruyendo y echando a perder no sólo su vida, sino la
del resto de animales.
Ya avanzaban las máquinas sin piedad y cuando empezaron a
clavar el crudo acero en su corteza, el árbol gritaba tan fuerte la palabra
LIBERTAD que fue escuchado por todos los árboles que habitaban el planeta. Sí,
lo último que gritó el árbol fue libertad y, en sus últimos segundos de vida,
fue feliz al ver que había logrado lo que él más quería: Luchar por él y sus
más allegados los animales dando su propia vida por lo que él creía fuerte en
su mente.

