martes, 9 de octubre de 2012

Buscando una luna.

Me hallo hablando con la luna, y ésta me cuenta una historia. ¿Dispuestos a escucharla?

Estaba dando vueltas a la tierra, como llevo haciendo desde que soy luna. Pero ese día pasó algo raro: 

Veía desde la tierra un haz de luz que no había observado nunca. Era increíble, algo que parecía provenir de esos seres que pueblan la tierra, esos que van con prisas sin pararse a disfrutar de lo que su madre, la tierra, les ofrece.
Me acerqué a observarle de cerca, sí, era uno de ellos, pero no se comportaba igual que el resto. Es curioso encontrarse un ser humano que se preocupase así, de ese modo de su madre: La Tierra.

Tras ese período de observación, que en tiempo terrestre yo diría que fueron un par de meses, decidí bajar a la Tierra.

Aparecí en un prado verde sonriendo entre las amapolas. 
Los rayos del sol atravesaban mi rostro lunar;
el calor de uno de los rayos del sol hacía que me sonrojara.
Me encontré con lo que los humanos llamáis río;
Así, de repente, me hallaba con los pies dentro del río para que el agua acariciara con ternura mis deditos. Y mirando al río perdí la noción de las horas.
No sabía dónde estaba pero sí sabía de la paz de la que mi cabeza estaba inundada.
Escuchaba al viento cantarle a las amapolas para que bailasen con él; me levanté y me dispuse a bailar con ellas. Bailaba con los ojos cerrados sintiendo las cosquillas que me producían en el cuerpo sus hermosos pétalos rojos. Fue entonces cuando escuché un ruido y despacito me escondí tras una roca. 
Entonces vi otra vez ese fulgor que provenía de ese ser. Asomé la cabeza y sí, pude comprobar que era él.

El haz de luz que tanto había estado contemplando admirada por la belleza de éste, provenía de sus ojos. Me perdí en ellos, yo ya no sabía si estaba en el prado o dentro de ellos. ¿Cómo saber si ese paisaje tan idílico era realidad? No estaba segura de lo que estaba pasando, de lo único de lo que sí estaba segura es que estaba caminando al frente, sin tener miedo a ser descubierta.

Escuché su voz maravillada. Le estaba cantando a la vida. 
Mientras que tocaba el agua con sus manos, daba las gracias con su sonrisa a ese paisaje que le permitía meterse en lo más hondo de su cerebro.
Fue entonces cuando escuché otro sonido que no había escuchado nunca. Era un sonido que iba a un ritmo despreocupado, un sonido que no cesaba y que empezó a retumbar en el poderoso silencio de mi mente.

Comprendí con ese "tun tun" que los pensamientos que recorrían su mente eran de lo más puros. Eran más bien sentimientos de tranquilidad, de paz. Sentimientos de dar lo más grande de él sin esperar nada a cambio.

Regresé a mi cielo.

Si algo he comprendido de la tierra es que no todos los seres humanos van con prisa y no todos se olvidan de sentir lo que la tierra les brinda. Algunos, se preocupan y dan gracias sólo por respirar el aire del que han sido premiados.





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