martes, 13 de noviembre de 2012

Con un latido del reloj.





Lee tranquilo, sintiendo cada palabra 
que entra por tus ojos...


Me pausan los momentos negros que recorren mi gélida piel de caramelo. El dulce sabor del caramelo es comparable con el dulce sabor que me produce contemplar el más verde de los prados de tu mirada.

Hacen que me despierte las nubes que se avecinan. Me mantengo alerta de cualquier precipitación en ese recinto de sueños. Sueños en nubes de colores predominando el naranja y el amarillo; como si fueran dos colores inseparables, que siempre van juntos, unidos, como si solos no pudiesen estar.
Las nubes bailan por el cielo una melodía tranquila, con unas voces relajadas, esas trompetas y el fundamental bajo marcando el delicioso ritmo de esa melodía.

Me sonreían las flores de tantos colores variados... había margaritas, danzantes abejas posadas en flores azules como si sus pétalos se tratasen del más bello vestido y al fondo, musitaban frases que desprendían calor, unas bellas amapolas que poseían un llamativo rojo como el color de unos deslumbrantes labios rojos carnosos. Labios que están pintados con esas amapolas silvestres del prado del recinto de los sueños.

Produce en mi un acelerón el momento en el que tu piel y la mía juegan a ser una, juegan a comprobar cual de ellas cuenta más caricias de una mano juguetona y cariñosa. Ese momento es en el cual me divierte una de esas sonrisas estúpidas y a la vez perfectas. Entonces, bailando, aparecemos en aquel lugar donde los colores y la música nos inundan en el mayor de los sueños fantásticos que produce el olor de las flores de mi prado, a las cuales se le añadieron unas finas hierbas verdes que cuando el rocío de la mañana las empapa con su fragancia huele a los más suaves aromas. Aromas que recuerdan que aún no hemos vuelto a nuestro mundo.

Pero luego empiezo a disminuir la velocidad para acabar tendida en una cama. Cuando disminuye esta velocidad se debe a la necesidad de respirar el aire puro que mis pulmones piden a gritos ya que las fragancias del campo y tu propia fragancia me producen un estado de locura o revolución de todos los órganos de mi cuerpo, que sienten el galopar de mi corazón que con tanto vaivén, late al ritmo que le marcan los acontecimientos de mi vida. Igual van al ritmo acelerado que le produce el correr de tu corazón o va a pedales cuando se retira el aroma de las flores.

Finalmente me pararé para siempre cuando los empujones que me hayan dado por encima y por debajo del cuerpo los segundos que azotaron mi vida asuman el control de mi débil y triste cuerpo. 

Seguramente el recinto de los sueños con su prado, sus flores y tu sudor sigan siempre en este mundo ya que el mundo se compone de todos los sueños de todas las personas que han habitado en él. Cada persona es una pieza imprescindible para la historia que se ha labrado en esta, nuestra tierra.

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